Pastoral Pascua

Queridos hermanos/as en Cristo Resucitado:

Hace pocos días hemos escuchado en la magia del “hoy” pascual las alentadoras palabras del ángel a las mujeres: “Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el Crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho”. Jesús firma las palabras del ángel: “Alegraos”. “No tengáis miedo: Id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 1-10).

Una antigua liturgia oriental llama a la Pascua: “Fiesta de las fiestas” porque sólo en ella se puede fundar otra fiesta verdadera. La pascua es la fiesta de la fidelidad y el amor de Dios al mundo. Es una invitación a vivir “en estado de fiesta” aún en medio de los combates de la vida cotidiana. Cada Pascua es un reto de dar razón de nuestra esperanza (1ª Pedro 3,15) a nosotros mismos y a los hombres y mujeres con los que compartimos la encrucijada azarosa y recia de este mundo.

Esta esperanza tiene su nombre: Jesucristo y se funda en un hecho: Su Resurrección. Cristo es nuestra esperanza (1ª Tm 1,1). Desde el Resucitado podemos mirar y comprender la vida con su historia concreta, sus gozos y sus sombras, sus aciertos y errores, dificultades y progresos, de una forma nueva. La esperanza pascual nos empuja a mirar hacia delante, no con ingenuidad sino con optimismo, enraizados y edificados en Cristo (Col 2, 6). Porque en medio de esta historia dolorosa y apasionante de los hombres se abre un camino hacia la liberación y la resurrección.

Compartir con el Crucificado su resurrección es, en definitiva, aprender “a dar la vida”, el tiempo, nuestras fuerzas y tal vez nuestra salud por amor. No nos faltarán heridas, cicatrices, cansancio y fatigas. Nos espera un Padre Misericordioso capaz de resucitar lo muerto. Nuestro futuro es una fraternidad feliz y liberada.

¿Por qué no detenerse hoy ante las palabras del Resucitado en el Apocalipsis?: “He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar”. En definitiva una esperanza nos sostiene: “Un día Dios enjugará las lágrimas de nuestros ojos, y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni gritos, ni fatigas porque todo este mundo viejo habrá pasado”.

Que la Virgen María, regalo pascual a la Iglesia y al mundo, nos acompañe en nuestro peregrinar de esta Galilea a la nueva Jerusalén, proclamando con el corazón, los labios y la vida el sentido de la pascua: “El es nuestra esperanza” (Col 1,27).

La Pascua tiene sello de eternidad. ¡FELIZ PASCUA!

Padre Rolando – Párroco de Garabandal